La cura prohibida del capitán
Nadie sabía que era adicta. No al alcohol, ni a las drogas, sino a la unión más cruda y sucia. Para mantener la fachada de este trabajo respetable, para evitar convertirme en una vagabunda desesperada y enloquecida por el calor, mendigando el contacto de un hombre en la calle, tenía que tragarme esas pastillitas azules todos los días. Hasta que aquella maldita ventisca me atrapó con treinta jugadores de hockey apestando a sudor y testosterona, y mis pastillas... desaparecieron.
Temas: Amor prohibido, Atleta